10 abr. 2011

Viernes, 4ta semana de Curesma. Mensaje del P. Laurence

Inicialmente cuando estamos aprendiendo a meditar - estamos todavía aprendiendo, somos discípulos aún en las últimas etapas y descubrimos la diferencia entre atención y concentración. Generalmente cuando nos concentramos en algo, un problema, un libro, un sonido o un objeto, nosotros nos ponemos muy tensos. La frente se marca con arrugas y el cuerpo se contrae. Después de un rato la tensión comienza a agotarnos como resultado del gasto de energía en muchos y distintos niveles corporales. La atención, en contraste, es precisamente un estado sin tensión. Esto significa ausencia de esfuerzo. Lo cual definitivamente es un cambio del centro de conciencia lejos de mi propio universo e introspección y auto-evaluación: ¿Cómo voy? ¿Qué piensan los demás de mi? ¿Soy Feliz? También es una expansión de nuestro nivel de conciencia, el cual se hace profundo y amplio. Y normalmente, cuando un crecimiento de este tipo ocurre, sucede un agotamiento de la energía. Pero con la atención, como con el amor de una madre, esta aumenta en directa proporción a su capacidad de ser recibida o darse por sí misma sin generar el agotamiento profundo. Así, con la meditación, es importante determinar si aprendemos a meditar como una disciplina o como una técnica. Las técnicas son de por si auto-limitantes. Ellas se estrellan contra una pared rápidamente y entonces tenemos que saltar la pared - para trascender el ego - o colapsar de vuelta dentro de nosotros mismos y nuestra propia revisión biológica. La disciplina, por otra parte, es inherentemente auto-trascendente porque busca al maestro escondido en el misterio, en quien su atención está enfocada. Jesús llama a esta atención una “vía angosta”. Angosta pero similar al cero, tan cercana al infinito como podemos imaginar. De cualquier forma nos “muestra el camino en nuestra vida”. Laurence Freeman OSB (Traducción de Mercedes Guadarrama)