17 abr. 2011

Domingo de Ramos. Mensaje del P. Laurence

Observa el regocijo de la victoria de una elección, el candidato triunfador viviendo la gloria de la adulación de la multitud y la energía intoxicadora de esperanza y de los propósitos frescos. Compara esto con la situación del político cansado, derrotado y prematuramente más viejo que camina hacia su jubilación con algunos hilachos de dignidad. La escena icónica en la historia del Evangelio en la que nos concentramos hoy, después de la preparación de Cuaresma, hace eco a esto – pero a la inversa. Jesús entra a Jerusalén transportado por la ola de entusiasmo de la multitud. Las masas lanzaban palmas ante El cantando sus alabanzas. Ellos esperaban grandes cosas de esta figura mesiánica. Tal vez, muy adentro, ellos no esperaban algo tan diferente de los anteriores, pero necesitaban triunfadores para compensar su propio sentido de desilusión, tanto como nos gustan los ganadores del Factor X o cuando ansiamos poder tocar la orla del vestido de alguna celebridad. La diferencia en la versión de esta historia – así como en la Pasión, y la caída personal que le sigue – es que el protagonista no creé en el mito en que lo han convertido. El se comprende a sí mismo y lo que está ocurriendo. En el centro de la agitación un silencio frío y la presencia mental empiezan a protagonizar. En los próximos días tenemos que distinguir claramente la diferencia entre la individualidad cruda del personaje central y los elementos míticos de la historia. No hay una resolución fácil a esta paradoja. Decídete por un extremo o por el otro y perderás el sentido. Jesús entonces se convierte en una figura histórica menor, transformado en un ícono mítico, que ha capturado la imaginación profunda de la humanidad por dos milenios. Para poder leer la historia en la que nos embarcamos hoy, debemos permitir que la historia nos lea. Nuestras propias esperanzas y decepciones, errores y éxitos, nos guiarán en la historia cuyo significado penetra toda experiencia humana. Luego nos levanta para ver la realidad que trasciende y transforma a todo aquel que la mira. Laurence Freeman OSB (Traducción de Lucía Gayón)