3 abr. 2011

Sábado, 3a semana de Cuaresma. Mensaje del P. Lurence

Es difícil hacer cualquier cosa que nos exponga a la atención de los demás sin preocuparnos por la impresión que estamos causando. Si esta preocupación se vuelve demasiado fuerte, ensombrecerá nuestra forma de trabajar y eventualmente podríamos llegar a hacer todo lo posible para lograr un efecto - ganar la atención que ansía nuestro ego. Entonces, un abismo de falsedad comenzará a abrirse entre lo que se está haciendo y por qué se lo está haciendo. La alegría del trabajo disminuye a medida que aumentamos nuestro apego a los resultados. Debido a que vivimos en instituciones demasiado manejadas por el impulso competitivo, esta actitud hacia el trabajo puede convertirse en un hábito que infecte a todo tipo de actividad. Incluso las cosas que hacemos solos, las que nadie está interesado en conocer, pueden parecer controladas por una cámara mental que envía información constante, sobre la forma en que uno se compara con un rival imaginario. En casos extremos, esto lleva a un colapso mental, pues se hace difícil distinguir lo real de lo ilusorio. En la mayoría de las circunstancias, conduce a un estado constante de auto-insatisfacción y ansiedad. En el lenguaje bíblico, esto es lo que sentimos como “injusticia”, como si fuéramos (o podríamos ser) separados de la bondad divina, y ocupar una ranura aislada en un universo hostil. Para revertirlo se requiere un nuevo tipo de trabajo realizado a un nivel profundo de soledad y quietud, en el que reconocemos y aceptamos nuestra singularidad total. En este desierto de la interioridad, nos despertamos a nuestra interconexión. La soledad florece. La herida en la conciencia comienza a sanar. Ninguna parte de nosotros entonces, puede ser aislada del amor. La labor de restauración hacia un equilibrio sano de la mente y el corazón, es el trabajo diario que hacemos con nuestra meditación. Finalmente, cuando descubrimos que verdaderamente hemos partido, la jornada de paz surge simplemente, por el hecho de estar en el camino. Esperemos que la Cuaresma nos ayude a percibir este sentimiento, día tras día. Los tiempos de meditación son deliciosamente libres de toda competencia. No hay público para aplaudir o abuchearnos. Pero tampoco estamos solos.
Laurence Freeman OSB Traducción de Ana Lucía Bermeo)