29 mar. 2011

Lunes, 3a semana de Cuaresma. Mensaje del P. Laurence

Uno de los mayores miedos que pueden acosarnos es el de perder nuestra mente. Puede venir cuando sentimos que estamos sobrepasados por pensamientos obsesivos o sentimientos violentos que no podemos contener. La idea de que podríamos perder el control de nuestra mente es horrible. La enfermedad mental puede pasar a través de las primeras etapas, donde se vislumbra lo que viene y el temor, o elegir rendirse a ella o incluso huir de ella sólo para descubrir que se está avanzando de manera más directa hacia ella. Otra forma de este miedo es cuando sentimos la disminución de nuestras facultades mentales, la memoria, la racionalidad o habilidades lingüísticas. La gente lucha para recordar un nombre y hace una broma de ello, llamándolo un momento de la tercera edad, pero por debajo de la risa hay un malestar más profundo. A medida que más personas vivimos más tiempo, la perspectiva de la demencia en un cuerpo que solamente sobrevive es una preocupación cada vez más común en nuestra época de ansiedad. Cualquiera de estos estados de ánimo puede ser una pesadilla porque vemos lo que es o podría venir y porque nos sentimos tan desamparados y solos. No hay prisión más segura y terrible que la mente. Sin embargo, podemos encontrar a personas cuyas mentes apenas se mantienen en la normalidad, cuya memoria a corto plazo es grave y no pueden encontrar las frases para expresar sus pensamientos y sin embargo, irradian paz y alegría. En su zona de radiación mental, los temores y ansiedades de los demás se disuelven. Incluso pueden reírse de sí mismos con una gran fuerza escondida de carácter sin dejar de ser inmensamente vulnerables. Es posible que hayan perdido o perderán sus células cerebrales y las arterias pueden estar esclerosadas, pero su mente ya ha entrado en su corazón y ha sido iluminada por el amor. Dejar de lado nuestros pensamientos en la meditación es aterrador para algunos tal vez porque provoca el miedo de perder nuestra mente. Pero para ser libres de cualquier miedo sólo tenemos que exponer el miedo al amor. El propósito de toda la práctica espiritual, desde renunciar a dulces durante la Cuaresma hasta meditar como una disciplina diaria, es simplemente provocar amor. Esto no lo puede ver el ojo y la mente no lo puede imaginar y, sin embargo, ocupa un espacio infinitamente pequeño e infinitamente vasto en cada corazón humano.
Laurence Freeman OSB

(Traducción de Marta Geymayr)